El del sombrero tirolés

De aldea en aldea...
3/4/13
José Ángel de Miguel Pérez
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Con la Semana Santa los pueblos han renacido. Muchos de estos lugares, aunque muy a su pesar de algunos de sus vecinos, que les molesta hasta el aire que respiran,  están empezando a asumir como alternativa económica el turismo rural. Durante estas fechas, como digo, gentes llegadas de la metrópolis catan las mieles, aunque de soslayo, de lo que queda del mundo rural. Lo cierto es que son personajes muy pintorescos (obviamente no todos, incluso podríamos decir que la minoría) dados a reacciones sorprendentes  al comprobar que la leche que consumen es fruto del ordeño de una vaca, o cuando descubren que las cagarrutas de las ovejas no son huesos de aceitunas negras. El pasado Jueves Santo fui testigo de cómo un urbanita, disfrazado de Indiana Jones con sombrero tirolés, le preguntaba a un anciano lugareño cuál era el motivo de qué en el pueblo se comiera tanta aceituna negra. El abuelo se echó la boina hacia atrás, y con una sonrisa socarrona y mirada al cielo le contestó: “ a las ovejas, hijo, a las ovejas…” 

 

Lo cierto es que estas situaciones son menos frecuentes y las diferencias de costumbres entre el mundo rural y el medio urbano cada vez son menores. Es lógico que persistan comportamientos específicos en uno y en otro ámbito. Por qué, incluso, las mismas personas no nos comportamos igual en un sitio que en otro. El ejemplo lo podemos encontrar a la hora de “alternar”: mientras en una gran ciudad sería impensable afrontar una ronda de seis o siete consumiciones (el sablazo sería espectacular), en el pueblo es lo más normal del mundo ya que el coste de la consumición es más asequible, lo que obliga, por otro lado, a asumir el coste de una ronda cuando toca el reo. A buen seguro, en otros tiempos, el choque de culturas habría propiciado enfrentamientos totalmente desproporcionados y hasta cierto punto irracionales para la mentalidad de ahora, y probablemente el del sombrero tirolés hubiese acabado remojado en el pilón del pueblo.

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